El gato se escondió en el armario a dormir. En el armario del fondo, entre jerséis dados la vuelta y calcetines desparejados que había dejado en un rincón. Era una tarde de color limón y plata. Una tarde resuelta en arena y alma. En la radio, desde una esquina del cuarto… como las cosas buenas de la vida, llegaban las notas suaves de una canción de Gato Pérez y su rumbita catalana. Un pequeño son danzón y mediterráneo cual un arrocito de sábado a las cinco menos diez. De vuelta de la playa y cuatro cervezas. Me duché y comí. Luego la larga siesta me fue poco a poco devolviendo a la vida. Con racionalidad. La luz entraba lentamente por la ventana. Luz crepuscular y cálida de agosto. Necesitaba una manzanilla caliente y encontrar los calzoncillos. Bostecé. Fue casi un acto de heroísmo y salvación de un vacío inminente que comenzaba a rodearme poco a poco. A sumergirme en fe de pánico y agobio prenocturno. Estaba tan a gusto en ese instante que parecía colgado en una nada perfecta de carámbanos de fuego y dolor.El gato saltó sobre el aparador. Suave. Parecía una tormenta lenta que hablaba de pasado con sus pasos calmos. Mirando con esos ojos tan abiertos, tan esféricos y tan verdes. Hojas de primavera. Pasó pisando los papeles de las cartas que quedaban por mandar. Nada especial, montantes y poemas viejos. Trozos de vida y pedazos de muerte… en el invierno de un helado silabario. Las cuerdas de la guitarra sobre la madera calcinada olían a fractura de los sentidos. Y la grieta del techo, esa grieta gris, con las sombras de la luz y el paso de los minutos… se veía quizás más abierta.
Sobre la mesilla veía de reojo los papelillos de Smoking blue con la cabeza apoyada en la almohada, una lámpara sencilla y vieja, que empecinadamente iba acumulando polvo en la bombilla que continuaba brillando. El gato saltó sobre la cama, y avanzaba hacia mí. Podía sentirlo sobre las sábanas, deslizándose. Un paquete de John Player Special. Algunas monedas… Cerré los ojos. El gato se acurrucó sobre mi pelo. Se hizo un ovillo. Y entonces, simplemente, me dormí. La música dejó de sonar. Se hizo un silencio de ángeles y sueño eterno. Y tras la persiana la baranda blanca seguía latiendo de recuerdos y aceitunas rellenas de pimiento. Algo amargas. Todo era imperecedero rumor de olas y felicidad. Un encender el televisor y ver los días del ayer sin más.