Martín era un pequeño burgués decadente hecho cyborg de anales y comienzos del siglo XXI, que con ahínco acudía cada jueves al bar de Claudia… a escuchar cantar a aquella mujer menuda de la que estaba enamorado. Siempre con su chaleco de color con el que de verdad parecía un jodido Martín pescador; cogiendo “ resfriados” a orillas de la ribera donde los poetas se follaban a sus musas en tropel y en el danzar de arterias afinadas como cuerdas de chelo quería ahorcarse lentamente. Era un imbécil y un mediocre… pero, de eso el pobre, no tenía la culpa. O quizás sí, todo era cuestión de si el cristal de su vaso por dentro estaba húmedo o seco. Una simple “ cuestión” de perspectiva alcohólica. La misma que le impedía ver después de las cinco de la tarde el mundo sobrio. El dolor era sencillamente insoportable. Y le aburría aquella decadencia de ignorancia y brutalidad en la que encontraba siempre sumidas a las personas a su alrededor. Esperando un bajar de bragas… y un hágase la puñetera luz, así en el cielo como en la tierra. Martín era un intelectual, a su manera de obrero venido a más… e inteligencia, de persianas echadas al sol abrasador de los parias del verbo y la metodología científica. Sin duda, un hijo de puta, que no merecía el medievo atronador de los muslos prietos de aquella mujer sencilla y serena.Aquella voz angelical le sumía en polvo de eternidad sin sobresaltos. Escucharla era dejar éste mundo y volar por un espacio infinito perdido en el péndulo destructor de gravedad y caos de un ser en apariencia quebradizo. Todo era azul perdición cuando ella dejaba escapar sus notas al aire. Entonces el humo se transformaba en niebla, y el temblor arcano de sus manos se transmutaba en un suave viaje de paz. Susurros de armonía sobre el plácido arrabal de un hueco de mármol y hiedra de venas que latían descompensadamente. Nunca, jamás la diría cuanto la amaba. A secas, como el perfecto extraño en un edén de machos alfa… la miraría caer por el vanidoso orificio de su sufrimiento, de su condena a vivir sin ella. Martín encanecía en figura fría y desangelada, sentado con las piernas cruzadas sobre aquella silla de madera roma fumando un Lucky Strike.