Me gustaba ver tras los barandales la ciudad en silencio cómplice. Mientras amanecía, resultaba un lugar más humano, hasta soportable. Que eran ya, las siete… ella se estaría levantando. Yo caminaba despacio, calle arriba hacia ninguna parte, las manos en los bolsillos de la chaqueta viendo los coches pasar. Tenía los ojos tristes, rojos… puede que fuera el alcohol en tanto en cuando la pensaba en un futuro perfecto. Los edificios me impedían ver el cielo, pero… no importaba demasiado, tampoco habría visto mucho con las gafas de sol puestas y el pedo que llevaba. Buscaba un bar abierto… uno cualquiera con buena música y donde me pudieran dar una cerveza fría. Era imposible. El monstruo había despertado. Se desperezaba entre el ruido de los cláxones y un sol naciente que me comenzaba a quemar la piel. Podía sentir como el airecito de la mañana me iba despejando poco a poco al tiempo que mis pasos me iban alejando lentamente de la desesperación.Tenía ganas de caminar. Sólo eso. Ganas de caminar y nada más. No ganas de ver escaparates ni personas. Ganas de sentir que las palabras contenían verdad y no simples códigos de acercamiento, salutación… y, preguntas. Tenía ganas de ir pasando calles, de llegar a algún sitio que no estaba en los mapas. Me cansé pronto. Excesivamente pronto. Me senté en un banco y encendí un cigarrillo. Esperaba a alguien que nunca llegó. Una mujer rubia con largos cabellos que vestida de blanco me dijera: Eh, chico, para… que no es por allí, es por ahí. Cual si fuera una comisaria noruega en el Dakar africano. En lugar de ello… me quedé sentado sin más, con el culo helado en tanto en cuando el pitillo se iba consumiendo en mis labios. No pensaba en nada, y eso, estaba bien… me dejaba relajado. En la expectativa de algo que no podía precisar, como un mantra a los dioses o una jota élfica. Definitivamente necesitaba quitarme aquella tontería de encima, mas me quede dormido en aquel jodido lugar del mismo modo que cualquier otro borracho. Al despertar únicamente vi a un niño de pelo color platino, delgaducho… que me miraba fijamente. Creo que le mande a la mierda con un aspaviento. No dejaba de mirarme y sonreírme todo el rato. Era un autentico coñazo. Con esa observancia obtusa de pequeño hijoputa perdonavidas.