… un pequeño sueño

Se miró al espejo y vio una cara vieja. Acartonada, pero sonriente. Con esa sonrisa sardónica que siempre la acompañó desde ya ni recordaba. Se veía las manos arrugadas y ese temblor en dedos índice y anular de la izquierda… le hacía torcer el gesto de su boca más de la cuenta. Era muy de mañana. Tanto que aun no se habían apagado las farolas cuando salió. Hacía frío. Una lluvia fina le mojaba la cara. Las luces se apagaron sin tardar mucho más, y algunas calles más allá un perro grande ladraba. La marquesina del autobús estaba vacía, bueno en realidad alguien había dejado una lata de cerveza sobre ella, así… elegantemente, a un lado. Un taxi esperaba en la parada de la plaza, y junto a él, un tío dormía en un banco de madera roñosa y sucia. Se sentó en el bordillo de la acera y esperó a que abriera más el día mientras el taxista le miraba entre extrañado y sorprendido por verle sentarse ahí, cual un loco… o un vagabundo, pero, eso a él, no le preocupaba lo más mínimo. Así que se encendió un Marlboro light. Dio una larga calada al cigarrillo. Y miró al cielo, para observar con minucioso detenimiento si quedaba algún pequeño fragmento de estrellas. La luna parecía ser la única que quedaba esperándole arriba. Llena y melancólica como una jodida virgen vestal. Aunque más bien se le aparecía puta, y de las buenas. Se la veía tan macizorra, iba diciendo entre dientes, arcano satélite abierto de piernas… Su vertiente poética y resacosa pedía a gritos serenos una libreta para escribir. Y un boli Bic, de esos de cristal… sin los cuales, la inspiración no se enroscaba a sus meninges subdesarrolladas.
Al llegar el transporte se tuvo que levantar apresuradamente para evitar ser atropellado por aquel autobusero beodo y malencarado, que se creía en el derecho ciudadano de darle la chapa durante cero coma cinco segundos. Pagó su billete y se sentó al fondo. Lo más alejado de aquel sujeto. De buena gana le habría metido dos pares de hostias a aquel tipejo que olía a cerrado donde cocinaran bacon a la plancha. Y tal vez, hasta huevos fritos bañados en aceite requeteusado de girasol. Las gotas de agua chocaban contra los cristales y dibujaban extrañas formas sobre el vidrio. Se asemejaban a líneas de código celeste. Eran parecidas a trazas de metal, a arañazos argentos sobre la traslucida superficie. Apenas reparó, en que el vehículo había arrancado ya ni en la chica que le observaba fijamente dos asientos delante... muy por delante de él. Joder, era un puto ángel se dijo. Tenía un curioso modo de mirarle con aquellos dos poderosos y sutiles iris pardos. Gafas de pasta negra sobre ellos… falda vaquera y camperas. Y entonces se preguntó, donde tenía las alas. Desde luego, no tardó mucho en verlas… claro, que… puede que se ofuscara comiéndose ojiplático y de aquella manera sucia las tetas. Y no fue del todo un viaje aburrido, ni mucho menos... eran las seis y cuarto… y, hasta se pudo echar un pequeño sueño.