El actor

La mujer estaba desnuda sobre la cama mirándose sus uñas perfectas y simétricas, preparada para gemir su guión. Seis líneas con varias vocales y alguna consonante, un Por Dios… exclamado, y algunas certezas matemáticas. Ya se sabe, más… menos. Abierta de piernas de par en par le esperaba mientras él leía Le Livre du rire et de l'oubli de Milan Kundera. El director se sacaba un moco con ahínco. El de la pértiga de sonido, se masturbaba mentalmente... en tanto la “ estrella” puesta de levitras en dolorosa erección trataba de no pensar en nada. O al menos, en algo hermoso que no le provocara ganas de vomitar encima de aquella imbécil siliconada de pies a cabeza mientras ponía cara de estar en la arcadia de lo terrenal. ( Insoportable… cual un concurso de tunas de derecho) Y eso que la chica era llamativa, como un rally de mejillones… Y entonces, de repente se abrió un rasgón en su mente y se vio sentado en un salón sencillo delante un televisor apagado mientras una mujer extraña a su derecha escribía y lloraba volcada sobre una mesa entre humo blanco y sed de anhelos. Se sintió confuso por un instante. Casi mareado. En aquel momento… oyó una voz que simplemente dijo dos minutos y todo se desvaneció. Fugazmente, como había venido. Escrito en el viento. Ese viento que arranca la piel de cuajo.
Era julio. Hacía calor. El sudor pegajoso de aquel cuerpo le repugnaba. Era la tercera, la cuarta ya, lo había olvidado. Sólo recordaba olores sin rostro. En tanto la maquina se movía rotando sus poleas pélvicas, veía a sus pequeños andar por el parque. Correteando de aquí para allá, con sus caritas blancas y sonrientes, cual girasoles. Un rayo de sol al fondo se reflejaba sobre los azulejos tristes y verdes del lavabo, detrás de la mesa de sonido. Aquella voz todo el tiempo, ¡ venga pasión, quiero ver más pasión!. Quería parar la rueda, pero no podía. El dolor le cercenaba las neuronas, la musculatura de sus piernas… los ojos cerrados, que no querían mirar. Sentía aquellas uñas extrañas rozando su piel, dejando las marcas indelebles de aquel hedor putrefacto al tiempo que la maquinaria perfectamente engrasada hacia su trabajo esperando la palabra mágica: ¡ Corten!. Tan sólo se preguntaba sacándola de aquel agujero como se llamaría esa vez la película: El profesor de tagalo, la alumna aplicada, y las prácticas de la mamada… o, Mujer cachonda al volante, se la metieron por detrás y por delante.