El plato fuerte

Le cortó los cojones y su miembro viril, los condimentó… y luego, se los cocinó a fuego lento. El menda salió por la puerta como si tal cosa. Bueno, quizás se tomó un poco mal cuando aquella zorra le dijo aquello de: Tronco, tu madre te parió, o te tejió… con tanto pelo. No iba el asunto con él. Y eso que aquella tía era tan fea, que la primera vez tuvo que mirarla dos veces, porque desde luego inicialmente no se lo creía. Hacía llorar al Niño Jesús. Tal vez ni tan siquiera se dio cuenta. Sólo fue un rodar de ideas, lonchas de perico… algo fugaz… entre el café y la siesta. La taza se quedó sin fregar. Húmeda, en la fregadera. Llovía. Otro día, un día más… Se dijo, son las turbulencias del amor… y se fue a coger el metro con las primeras flores del alba de España en plena tarde de domingo y estío… y el rostro roto, desencajado. Se lo habían partido en dos, pero todavía no se había enterado. Estaba de campeón “ buscaenigmas”, en modo panoli enamorado de la moda juvenil que cantaba Radio Futura con ese look de maricas trasnochados y modernos. Gotas calientes le quemaban la camiseta vieja de Los Stones que se había puesto el sábado a la mañana toda sudor y brazales de bochorno.
En el andén echo de menos sus genitales, que ya deberían estar en el fuego a medio hacer como una media ración de gallinejas. Una pelea de mods y algo indefinido le sobresaltó entre un currela con mono azul cagado de miedo y un yonki que iba todo puesto de speed. Era el largo camino de vuelta casa. Por un momento pensó que tenía que haber pillado un puto pelas, mas no los soportaba… sobre todo a los del turno de noche que apestaban a maderos trabajando de extranjis con ese olor a bestias de burdel.
Se sentó en el vagón y al poco notó que el sueño le vencía. Se preguntaba casi como en cada regreso... como había acabado allí. Sólo iba a tomar, a tomar... un par de cervezas para relajarse. “ De tranqui”. Y todo se complicó. Unos billares, unos malditos tequilas… Quien toca hoy: Dinamita pa los pollos. Pues vale, Tíoooooooooooo. Entonces cayó en la cuenta de que la suma de los catetos de la hipotenusa, o como era aquello… Pitagorín no había venido, pero sí la que se la chupaba. ( Esa, de la que los coyotes hacían fogatas… para alejarla) Y claro, ya era imposible escapar. Los comanches tenían cercadas las carretas. Aunque había más vaqueros que indias.