Ella inocente le preguntó rozándole apenas: ¿ Cómo va esto?. Él se aguanto el sarcasmo. No era fácil saber en que mesa debía votar de las dos que había. Tenía los morritos grandes y carnosos, y los ojos negros como el azabache. Así que apretó suavemente el pedal del acelerador como para no asustarla demasiado y una vez sufragaron a gusto se fueron a tomar unas cañas al bar que hacia esquina. Sencillamente por la noche mientras el hombre la reventaba con furibundas embestidas contra la pared se preguntaba que había pasado aquel día, porque cual en un sueño no recordaba como habían venido sucediéndose las cosas para llegar hasta allí. ( A cada golpe de pelvis un abre la muralla y cierra la muralla, se escuchaba tras el tabique) Sólo veía el cuerpo sudoroso de aquella rubia de bote enroscado a él… en tanto la cogía en vilo con fuerza para que no se desplomara. De repente, cayó en la cuenta, de que no recordaba como se llamaba… ella, por otro lado no paraba de llamarle: Alfredo, Alfredo… ¿ Sería por Rubalcaba?.Y la verdad es que él se llamaba Mariano, ( y no " El corto", precisamente) y aunque aquello no era un chiste… tenía su gracia. Del mismo modo que aquel tatuaje que lucía sobre su teta izquierda simulando la pequeña pisada de un cachorrito de labrador. Ligerísimamente por encima de su erizado pezón bien apuntado al frente al tiempo que orgasmeaba sonoramente por segunda vez. Lo único que no podía soportar eran sus arañazos de gata en celo y aquello tan de macarra pasada de llamarle: ¡ Campeón!. Para ser una pijilla de barrio bien, tenía maneras de puta… pero, reputa. Únicamente le molestaba no saber quien había ganado las elecciones. Mas claro, joder… que importaba eso entonces, si había triunfado.