El corazón a cuadros


Algo se había prolongado demasiado. La sombra susurrante que mecía la cuna. La mujer del pelo lacio y rubio que observaba desde la ventana. No era cuestión de entender la letra vacía de dos corazones hablando en la oscuridad, sólo el que uno al menos no tuviera el corazón a cuadros. Entonces paró el coche de policía frente al portal de la casa y los agentes salieron de él. El hombre... menudo, de metro setenta y poco... delgado, nervudo... de delineada expresión fibrosa y cáustica. Ella de formas rotundas de mujer, morena... una coleta recogiendo su pelo y las tetas casi rebosando el uniforme que daba gusto verlas. Enseguida les abrieron la puerta y entraron dentro. las vecinas en bata piso tras piso se iban acercando en murmullos al tercero izquierda donde la Susi vivía desde hacía tres años con aquel senegales.
La casa estaba revuelta. Limpia. Demasiado limpia incluso. En la habitación del fondo se escuchaba el llanto de un niño. Un sollozo nítido y azul de transparente atardecer. En el salón había un ordenador portátil encendido y frente a la pantalla parpadeante una mujer sobre un sofá de skay que  parecía dormir placidamente. Había dos hombres grandes en aquella habitación al final del pasillo... la mujer sentada en una silla pequeña balanceaba al bebé nerviosa. Un negro enorme sangraba en el suelo muerto. Y uno de aquellos tipos se identificó como el que había llamado, guardia civil... y, vecino ejemplar. La cuna estaba rota de un lado, casi caída. El cuarto con su minúscula ventana sin luna tenía un extraño y particular perfume a fresa ácida y aguardiente, en tanto un bien tajado plenilunio seccionaba la garganta de africano de mirada perdida y sonriente. Cual una única gota de lluvia en mitad del charco.