Era algo. Algo donde nadar...

Fue preciso. Un tiro en el pecho y otro en la cabeza, sobre la ceja derecha, a menos de un metro. Recogió los casquillos y se sentó al borde de la cama. Guantes profilácticos, cual neopreno de cirujano y pasos elegantes de leopardo dando escenografía adecuada a la habitación. No había demasiado que pensar... se levantó, la echó una última mirada de despedida, y se marchó. En la calle llovía despiadadamente. El agua le mojó el pelo inmediatamente, casi mordía... pero, le daba igual... Necesitaba caminar bajo la tormenta, hacia ninguna parte, y a ser posible que aquel aguacero le limpiara el alma y los sentidos salpicados de sangre y algo parecido al amor, mas que... no lo fuera. Sólo era algo salvaje y a la vez, impolutamente cálido. Como una barbacoa de narcotraficantes en la jodida Antártida.
Las calles se sucedieron todas iguales. Hechas de palabras que no se borrarían jamás. ¡ Maldita memoria!, maldita sed. Encontró un puto bar abierto, y pidió de beber... Cualquier cosa con alcohol. Le sirvieron un orujo con hielo en vaso de tubo. Era algo. Algo donde nadar... y ahogarse. Y respirar. Y volver a matar cien veces más sus ojos negros como la noche. Y gritar a los cuatro vientos... que era el demonio vestido de gris, con cien pistolas tras él... locas por apretar el gatillo. Aquello era justificar el vacío... así que cogió su requetesobado Zippo imitación del 29 y se encendió un Lucky sin decir nada más, salvo un... ponme otro, tú... que éste no lo he visto, socio. Precisaba emborracharse cuanto antes. Y pensar algo gracioso...  a él mismo taponando su boca. Enganchando una sartén y empezando a batir la cabeza de ella. Hasta matarse de risa. Que después se hiciera su hígado en la misma tras las muchas copas que bebiera... o, sus propios higaditos al jerez. Estaba demasiado petrificado, en cualquier caso.