Algunas
cosas tienen gracia, otras, ninguna. No encontrar el coche tenía gracia.
Haberme dejado las llaves dentro, ninguna. Al menos recordaba la calle donde lo
había aparcado. Era inmensa. La noche anterior, ya sin luna, ya sin estrellas, me
pareció más pequeña que mis propios zapatos puestos del revés. Los tuve que
mirar dos veces recién hubo quebrado el alba con las patas adentro y la puñetera
cabeza afuera de esa extraña, sorda y hueca jaqueca. Y me hacía algunas
preguntas al azar, sentado en aquel jodido banco de roñosa madera vieja...
como, cuando había amanecido o, que era aquello que parecía una virgen vestal
vestida de comunión. Y aunque para la primera pregunta no tenía ninguna
respuesta adecuada... para la segunda sí, eso que parecía a mis ojos de
borracho resacoso una sacerdotisa del Templo de Apolo en Lesbos, en realidad
era una controladora de los putos parquímetros. Un zorrón vestida de azul y
melena rubia con coleta que estaba por darme por culo aquella mañana. Lo tenía
que haber visto venir, mas no lo vi, y en lugar de ello... me fui al bar más
cercano a ponerme tibio de carajillotes.
Para
cuando me di cuenta estaba tan pedo de nuevo que ni me aguantaba en pie. Divagaba sobre
eso de que a la gente ya no le importaba un coño salir de casa, y charlar con sus
adorables vecinos, o incluso pasear al perro, porque lo único que en realidad
querían verdaderamente era estar frente a su ordenador de mierda todo el tiempo
posible. Ahí podían ver sus programas favoritos, bajarse canciones y películas,
chatear con algún cretino o cretina, o pagar las cuentas del super y consultar
el pronóstico del tiempo para mañana. Estaba hasta clarinete... algunas cosas
tienen su gracia, y otras, naturalmente... ninguna. Y estar en el suelo sin
poderme levantar era de esas malditas cosas que no tenían ninguna gracia,
aunque lo que si era gracioso era ver como me ponía en pie aquella diosa de
mármol hercúlea trabajadora de los estacionamientos regulados, melena al viento
y ojos pardos. De cerca, parecía Catwoman. Y lo más cojonudo, para el momento
preciso... en que me quise dar por enterado del tinglado, fue verme en la calle con
el maldito sol en lo alto achicharrando mi cara. Había que joderse. ¿ Dónde
perdería las gafas de sol?. Aunque... sólo me preguntaba entre bostezos sonoros y continuados:
¿ Qué había ido ha hacer al centro aquella mañana?.
