Boutade



Miré el fondo color almíbar del río y los peces muertos de la superficie. Aquel desatino parecía un Zurbarán. Desde la orilla, todo aquello parecía un jodido bodegón drapeado y barroco. Quizás incluso, algo hiperrealista... con aquellas agallas moviéndose aun, que daba grima verlas. Y es que hay salidas de tono que pretenden ser ingeniosas, aunque no lo consigan. Me vi detenido por una multitud de pensamientos dispuesta al linchamiento en mi tejido sináptico; quizá sólo tenía alguna autoridad oficial... mi cordura, y ya no quedaba ninguna, equilibrada al menos. El estúpido funcionario de la oficina del concejal se vio arrancado de los brazos de su prudencia por diez o quince sólidos argumentos y arrastrado sin misericordia hacia la gran puerta de su impropio despacho a decirme: Nadie viene aquí a insultarme. Como era lo que me largó después aquel pedazo de hijo de la gran puta: Ah, sí, ¡ qué cabrón!... Si quieres " peces", vete a pescar al río... Luego, me dio un portazo en las narices. Algo así, tenía gracia el mamón. Cohecho impropio creo que se llamaba aquello por lo estaba imputado su jefe, y un par de cositas más. Le hubiera metido un par de hostias bien dadas. Lo demás era sol y cero grados centígrados al sur del paralelo treinta y... El cielo azul en lo alto, un invierno más. ¿ El último?.
Días más tarde cogí uno de esos periódicos gratuitos de las manos de una joven de chaleco rojo y sonrisa metálica, y me encaminé tambaleándome herido hasta el andén uno, donde si todo era correcto aparecería el tren a las ocho y treinta y tantos... En realidad, más que tambalearme lo que hacía era bambolearme, como las caderas carnavaleras de una puta brasilera pues mis elegantes movimientos estaban fatalmente sujetos al vaivén de mis neuronas en fuga tras el tiro el pecho y a quemarropa. Tendría que sufrir en silencio bajo la gabardina el escozor de la herida hasta llegar al hospital. El tren se detuvo y abrió sus puertas, subí el último, estaba demasiado fatigado y observé con ansia y abatimiento que no había ningún asiento libre, así que hice por recorrer el medio metro hasta la puerta opuesta para, al menos, poder hacer el viaje apoyado con la espalda en ella. Tendría su miga, pensé... palmarla ahora, por un asqueroso puñado de pescaditos muertos. Sobre todo porque, tenía esa tarde entradas para el fútbol.