La familia comía en silencio en torno a la mesa. Era ya noche cerrada. Unas velas iluminaban la habitación que las veces hacía de comedor. Las cortinas de gruesa tela echadas de par en par. Los olores se concentraban intensos al olfato, sutilmente intensos. Las bocas de los hombres en silencio masticaban despacio mientras se miraban unos a otros a los ojos. Ojos cargados de ira y dolor. Nadie hablaba demasiado. Únicamente se escuchaba el ruido perturbador de algunas pocas moscas zumbando sobre los platos y que el patriarca de la familia apartaba con sus manos viejas y huesudas. Fuera, de pronto... sin esperarlo, comenzó a llover intensamente, pero dentro no hacía frío. Más bien un sopor agobiante de especias, tensión y sudor. Las manos manoseando la comida y aquel bochorno de pieles me estaban volviendo loco. Tuve que entornar la puerta, rápidamente, y encenderme un pitillo, antes de vomitar en medio de aquel magro tifón de gelatinosa humanidad. Un caos extraño se apoderaba de mi cabeza. Temblaba de escalofríos que nacían directamente en mi espalda, al tiempo que por aquella rendija veía en la calle el agua agitarse en pequeños charcos y en el cielo a lo lejos, estremecerse las nubes grises por un rubor tenue de luz. Un espasmo en el espinazo de Dios.
El humo me molestaba... y, era curioso, no tenía nada que mirar, nada que evaluar... y a la vez, me reconfortaba. Me hacía sentirme lejos de allí, en algún antro civilizado y cristiano. Donde todo era entonces dulce, dulce néctar. Me apresuré a cerrar el portón. Algunas pocas gotas juguetonas entraban salpicándome las manos. Alguien o algo se aproximaba. Una sombra. Lo atranqué de nuevo con sigilo. Del exterior llegaba a mis oídos un crujido levísimo. Al poco golpearon la madera y nos escondimos. Alguien buscaba al doctor, una embarazada a la que la faltaban quince días para salir de cuentas, se había puesto de parto. El padre se levantó con el último bocado aun dando vueltas y vueltas en su boca desdentada. Agarró su maletín de cuero y salió raudo en mitad de la tormenta. Después... todo se quedó en seca sordina de miradas huidizas frente a los platos y un aroma acre. Y más prieta elipsis mezclándose en fragancia a miel. A rocío de dolor y fuego de la mañana.
