Oía
correr agua. El llanto de un pequeño. La risa alborozada de una mujer... y el
alegre tintinear de un vaso de cristal donde se dejaba caer un generoso caudal
de vino. Todo a un tiempo. En oscuridad. Con mis ojos cegados. Con mis oídos
atronados bajo el agua, sin poder salir a respirar. Y llamaron a la puerta... y
volvieron a llamar. Limpié mis gafas de pasta negra y lo vi todo más claro.
Aquellos papeles ya no significaban nada para mí. Me había liberado de una
condena eterna. El amor te libera de los grilletes más férreos, de las cadenas
más gruesas... es así de simple. Y mientras me miraba y sonreía mis manos
temblaban como hojas que azotaba el viento. Cual la tenue caricia que dibuja la
yema de un dedo bajo la ropa. Sentía una paz infinita, algo que jamás antes
había sentido. Y dejé caer hacia atrás todo el peso de mi cabeza que fue dar en
el lugar más hermoso del mundo. Su vientre. Donde no era acosado por ningún
peligro. Donde todo era absolutamente perfecto. Dulcemente, perfecto.
Y
entonces, me quedé dormido. ( Del mismo modo que aquel que espera el último
vuelo) Y soñé. Soñé que los muertos que habíamos matado volvían a la vida. Que
todas las ofensas inflingidas a nuestros hermanos, habían sido perdonadas.
Soñé, que no había más que un cielo azul, y un mar azul... y, una rosa azul...
guardada en el corazón de una ecuación de dos incógnitas aun sin resolver. Incluso
soñé que el libro de la vida se había abierto de par en par. Con tinta fresca a
un lado, y una pluma al otro... para escribir de nuevo en él. Todo era
simplemente ideal, cual una tarde de verano cuando el calor aprieta y la
chicharra modula su irritante canción sin mañana. Mas estaba allí aun... donde
no se podía oír correr el agua, salvo la de la ducha que lavaba la sangre que
me empapaba y la mugre requetepensada. No había más llanto, que el de la cobra
enrollada y oculta que mordía con saña la mandíbula del encéfalo irritado. Ni
más risa alborozada, que el tintinear de unos hielos en el maldito whisky
recién servido al lateral de mi brazo. Y el mundo se hacía de nuevo, pequeño
por momentos. Apenas, una irreconocible silueta.
