Su último cliente, el del Mercedes gris metalizado, había sido un completo cerdo... lógico, era mayorista de ibéricos. Ya le conocía de antes, pero pagaba bien... y, al menos, la tenía pequeña. Claro que era de los que le gustaba dejarlas el semen bien irrigado por el semblante de todas ellas mientras las llamaba entre los postreros estertores... " ... puta"... y otras lindezas; ( se veía que era un auténtico caballero) así que se limpió con esmero la cara con aquellas toallitas húmedas para bebé que llevaba siempre consigo y se repasó el pelo un par de veces hasta ver que no quedaba ni el más mínimo rastro de aquellos fluidos por su cuero cabelludo. Pensó que aun no era muy tarde, de modo que regresó a su esquina habitual en el centro mientras se encendía un pitillo. Si tenía suerte aun podía hacerse un par de parroquianos más, tal vez hasta tres. Era una noche agradable, y no hacía demasiado frío.
Fue entonces cuando elevó su vista al edificio de enfrente y vio a aquella mujer en la cornisa del quinto piso. Unos treinta años. Vestía una bata de color claro y tenía el pelo largo, rubio y revuelto. Si no fuera porque era imposible... hubiera jurado que era ella misma, un par de años atrás en otra ciudad no muy diferente a aquella. No tardó ni un instante en reaccionar, cogió su móvil, y llamó a la policía. Aun estaba guardando el teléfono en el bolso cuando la chica se tiró al vacío. El batín se abrió de pronto como un tejido incorpóreo y su cuerpo pareció hacerse liviano instantáneamente, remontando el vuelo. Unas alas suaves y blancas la habían salido de improviso en la espalda. Se frotó los ojos, aquello no parecía algo de éste mundo. También los agentes, que acababan de llegar, se quedaron estupefactos... hasta un yonki de Lacoste y barrio bien que se tambaleaba un par de calles más allá, no daba crédito a aquel milagro... ¡ Pedazo caballo le habían dado!. El resto de la ciudad dormía indiferente, los curas... que de aquello sabían latín, y los jamoneros. Las mujeres pias, sin hábitos de Mantelées... y las otras. Y claro está, aquellos que son llamados: Los santos varones.
