Sus manos temblaban. Ya no quería controlar más cada pequeño espacio,
cada hueco de su vida. El alma le dolía demasiado. Los ojos, cansados de ver
tanto desanimo un día tras otro... y tras otro. Estaba ya, agotado. Cansado de
luchar. De reír sin ganas... cual payaso, para la misma maldita función de cada
noche. Siempre lo mismo. Las mismas aburridas caras. Los mismo aburridos
gestos. No soportaba por más tiempo aquello. A sus jefes... su deber, su jodida
obligación, que le mantenía atado con cables de alimentación y alta tensión a
un cerebro positrónico y que no paraba de calcular algoritmos matemáticos. Quería
romper la pared blanca de su propia mente, aquel flujo incesante de datos... de
dolor transmitido de corazón a corazón por vía intravenosa. Retemblaba su piel
que envejecía lentamente. Sus dedos que se agarrotaban, con el frío polar de
momentos que iban pasando y perdiéndose lentos. Necesitaba respirar bajo el
agua, que lentamente iba devorando sus adentros, con el corrosivo lenguaje del
silencio extremo, de la tristeza más envolvente.
Se despertó frente al ordenador de nuevo. Entre cálculos en el vacío y
coordenadas... con las venas inflamadas de teas cartesianas y huesos de perpendicual
metal euclídeo. El sueño acumulado y malintencionado de aquella mañana
desangelada le pedía a gritos un café solo sin conversación y un cigarrillo. Bostezó.
Bostezó, dos veces. Se sonrió. Al parecer, seguía siendo humano. Necesitaba
dormir. Y también gritar, pero no podía. Estaba claro, o quizás no tanto como parecía para él... ( porque
recordar esa estupidez que no venía a cuento entonces) para un segundo sistema S2 de referencia
girado un angulo ( ), respecto al
primero... Debería haber hecho caso a su viejo amigo inglés, y relajarse con
una buena taza de Earl Grey. Aquello... por más vueltas y vueltas que le diera,
era un puñetero galimatías.
