Esa degradada emoción




Algunos malditos bolígrafos no estaban destinados para escribir historias magníficas... pero, aquel sí. Aunque era sencillo. Azul. Casi, de azul cielo. De cristal, sin marca reconocible y de punta fina. Era un jodido bolígrafo en mi bolsillo del pantalón junto a la libreta Enri preparado y listo para escribir poesía de lo efímero que quizás nunca viera la puta luz. Hacía frío. Siempre hacía frío mientras escribía sentado en cualquier piedra de cualquier camino con la luna en cuarto creciente y testigo de cargo. Tenía el alma abrasada de sentimientos y los ojos muy abiertos. Le pregunté a un hombre sentado a mi lado como me llamaba, y el sólo me dijo: Bebe... La cantimplora siempre estaba vacía, y el vaso lleno... cual una puñetera maldición. Hacía tanto que quería huir de aquellas sombras, que era hasta lógico que ya ni recordara mi nombre, tan sólo... lo que era.
Y no era nada. Únicamente arena. Mi cuerpo estaba entretejido de demasiadas tierras... así, en cierto desconcierto unas con otras con su tos seca con expectoración. Simplemente aquel bolígrafo trazaba letras que cual pequeñas lágrimas niñas iban muriendo a los pies de la cuadrícula hecha traza de verbo roto. De esperanza sin mañana. Un pasado con dolor que bosquejaba sutiles metáforas del corazón sin su bestia dentro y con las vísceras al aire como un pobre cadáver muerto y descorchado al cabo de los fundamentos. Uno mismo en cualquier minuto deshabitado e innecesario. Y entonces, mágicamente encontraba ese lugar. Esa degradada emoción. Volvía a mi cuerpo, y me encontraba con todos mis yos sonrientes y aun no aniquilados del todo. Entonces volvía la memoria de quien era. Nadie bueno, nadie tierno, nadie preciso... una ropa empapada de manchas sin tender. Tinta oscura expandida sin describir el horror. Puños cerrados y miradas perdidas. Piel de roca devastada de gritar sin que la hagan caso. Claro, arena que lleva el viento... que embarra la lluvia.