La muñeca de trapo


La muñeca de trapo yacía mirándome indiferente echada en el asiento contiguo. Cual una turista inadvertida. El tren por fin arrancaba después de aquella larga pausa. Había dejado la bolsa de viaje llena de recuerdos sobre mí, y me disponía a leer una revista de eso que llaman " divulgación científica" que había comprado en el kiosco de la estación antes de que cerrara. Como dentro del vagón no hacía demasiado frío me quité el maldito jersey de punto que me había tejido Clara el invierno pasado. Sin saber muy bien porque, cogí la muñeca de trapo y me dispuse a darla una buena ojeada; me llamaba la atención esa mirada vacía de sus ojos infinitos, cosidos en botones negros. Tenían algo hipnótico. Y me puse a indagar en la soledad de esa niña que la hubiera perdido, en la paciencia de esa madre que tuviera que consolar su desesperación... Sin duda era aquel místico traqueteo del tren, el que me hacía pensar demasiado, y en demasiadas cosas, mientras leía deprisa y medio dormido un aburrido artículo sobre la interesantísima vida del astrólogo medieval Johannes Kepler. De repente, por un enrarecimiento del sentido común que me entró... así, de pronto... me parecía todo tan artificial. El haber comprado aquel billete de tren, mi marcha sin pensarlo... de nuevo, a la capital... Todo era tan, " repentino". Me notaba como estaba en ese instante, tan metido en mí mismo, introvertido... mirando aquellas costuras del juguete que se iban descosiendo según iba manoseando la tela. Un tejido de tacto rugoso, pero extrañamente agradable.
Entonces me di cuenta, que dentro del monigote aquel al que decidí llamar Lady Oblivion... había algo. Se adivinaba por un rasgón sutil en la superficie del paño, bajo uno de sus bracitos muy... muy mal hilvanado. Fui al lavabo y abrí el género para ver que guardaba dentro aquella marioneta, que repentinamente se había vuelto algo excepcional y al tiempo sin vida. No fue ninguna sorpresa realmente descubrir aquella coca y los ocho mil euros en billetes de quinientos. Lo que me sorprendió realmente fue quedarme con el perico y la pasta, y tirar el juguete recién bautizado por una ventanilla del pasillo que llevaba al vagón restaurante. Ni siquiera vine especular lo más mínimo con la posibilidad de quien se habría dejado allí aquello, o si seguía dentro del maldito tren. Sólo pensé en el pedazo megafiestón que me iba a pegar cuando llegara a mi destino. Y sobre todas las cosas me quedé pensando en plan gilipollas, a donde se había ido esa ternura que por momentos me inspiraban aquellas pequeñas piezas que hacían las veces de pupilas titilantes... y, aquella sonrisa estúpida entretejida de hilo rojo. La verdad es que el universo, tiene putos misterios insondables. Hay que joderse, con el de las muñecas de trapo.