Fue un día de frío polar. Demasiado largo. Nevaba. La ciudad
estaba escrita en blanco y gris. Un hombre en sombras caminaba por la nieve.
Sus huellas se iban alejando hacia el infinito. La plaza estaba desierta.
Anochecía. Ululaba el viento en las cuatro esquinas; y los comercios con sus
luminarias ambarinas parecían cristalizados destellos lejanos, apenas señales
dejando su rastro de luz crepuscular en aquel aire espesamente gélido. Los
copos caían lentos. Parsimoniosos. El hombre del abrigo negro que se frotaba
las manos, pensaba en tomar un café con leche caliente en vaso de caña. Apenas
había coches en la calle transitando. Nadie. Por instantes, todo paraba... y de
repente, parecía surgir algo. Un fantasmal quejido. Una mujer con falda y
gabardina corriendo calle arriba. Saliendo de una joyería. Se oía el maullido
de un gato. La punta incandescente de un cigarrillo... y entre el humo, unos
ojos rojos que miraban fijamente.
Caía la noche lentamente. Todo era desmedidamente exacto. En el paralelo de aquella avenida desolada la piel
desnuda bajo la gruesa chaqueta de cuero granate y el jersey de punto azul
oscuro encendía el fuego y colgaba la pistola en su revestimiento de cristal.
Las neuronas eran de cobre viejo y brillaban como el oro, en la memoria... de
lo finamente que las pulían. Casi al final mismo de la tarde, cuando aquellos transparentes
estrépitos hechos breves coágulos inmaculados se desplomaban más violenta y
salvajemente. Y el asesino se ocultaba al final de la cuerda bajo la exquisita
lluvia de ciento y un vehementes orgasmos. Entre flores. Ellas tiraban de su
pelo con las manos, ponían sus pies sobre su espalda y lo hacían rodar, cual
una peonza... o lo golpeaban cariñosamente, y cuando él gruñía... ellas se
reían. De más abajo venía un aroma espeso a cloaca y poder. A algo oficial, por
esclarecer. El sueño envolvía ya la oscuridad visible.
