Hay un tiempo para cada jodida cosa en éste universo en continua expansión. Luego habrá que esperar El big crunch, la gran implosión. Hasta para aquellas " cosas", que no requieren demasiado tiempo... o, muchísimo. Todo es " atracción gravitatoria". Lo descubrí demasiado tarde. El día que salí por la puerta de su casa con mi ropa, y la cucharilla de plata de mamá para servir helados. Era jueves. Los putos jueves siempre me han encantado en medio de la maldita semana, son cual las gárgolas de los cojones de una catedral gótica... que hacen de rascayú y, ¡ coño!... " rascallá". Te desaguan el tejado, lo que está muy bien... y, de paso... te ahuyentan a las brujas como mi suegra. ( La inteligencia eterna de Dyson) Bueno, el caso es que hacía frío, y había dejado el coche lejos. Como a dos manzanas del puñetero portal, y llovía. Siempre llueve cuando más hecho polvo estás, parece una ley geométrica y rigurosa no escrita. El acaecimiento de la sutileza clarividente era inevitable, y nunca morirá.
Ella miraba desde la ventana y gritaba. No sé si decía Mi amor... o, Cabrón. Hablo del Punto omega de Tipler... llevado a aquella relación, al estilo de un episodio de TBBT. Nuestra suma infinita de tiempo subjetivo había acabado. Me pregunté de repente, para que necesitaba la cucharilla de plata de mamá para servir helados. Era más bien una desmochada y fragmentaria Navaja de Ockham. Estaba por despejar la simple ecuación con dos incógnitas fruto de mezclar, lex parsimonia, nunca agitar... Señor Bond, un astrofísico y una matemática en estado de supuesta y perenne embriaguez. Lo primero siempre es " despejarse", parecía lógico. Así que empecé mi búsqueda de un bar abierto donde tomar café y churros. Por suerte, ya era demasiado tarde. Únicamente faltaba un alcohólico que me diera la murga en la barra mientras desayunaba infeliz, y hasta tuve esa suerte.
Ella miraba desde la ventana y gritaba. No sé si decía Mi amor... o, Cabrón. Hablo del Punto omega de Tipler... llevado a aquella relación, al estilo de un episodio de TBBT. Nuestra suma infinita de tiempo subjetivo había acabado. Me pregunté de repente, para que necesitaba la cucharilla de plata de mamá para servir helados. Era más bien una desmochada y fragmentaria Navaja de Ockham. Estaba por despejar la simple ecuación con dos incógnitas fruto de mezclar, lex parsimonia, nunca agitar... Señor Bond, un astrofísico y una matemática en estado de supuesta y perenne embriaguez. Lo primero siempre es " despejarse", parecía lógico. Así que empecé mi búsqueda de un bar abierto donde tomar café y churros. Por suerte, ya era demasiado tarde. Únicamente faltaba un alcohólico que me diera la murga en la barra mientras desayunaba infeliz, y hasta tuve esa suerte.
