Me llamo Rico. Rico café con leche, que aun no he bebido... Nunca hay
últimas letras, sólo letras. Verdades empapadas de ayer. Algunos colores grises
con sonido metálico. Segundos efímeros. Y claro... pago las consecuencias de
estar frente al blanco, y el negro... miro al tipo de la esquina que lo vende,
y le pillo una bellota. Es de confianza. Le conocí, ya ni me acuerdo... ¿ hará
tres meses?, cuando me vine a vivir aquí. Compro el pan, y el vino... el Rioja
de oferta. Ayer lo probé, no estaba mal. Rico, para lo que es... pero, peor es
beber agua. El agua para las ranas. Porque la mañana francamente, no me ha
pillado inspirado. Entre el resfriado que arrastro y que la cafetera se ha
estropeado, a sido un infierno; hasta que me arrastré al bar y me subí el maldito
carajillo. Luego, llamadas y más llamadas. Que si mamá, preguntando por el
trabajo. Ahora que lo pensaba, debía de tener un poco cuidado y no estar
siempre mamado... Sonreí como un imbécil. Que si mi editor, tocándome los
cojones como tiene por costumbre. Una delicia, una jodida delicia. Debería
haberme despertado una puta hora más tarde. ¡ Qué coño!, pasado mañana...
Mejor me hago un peta. Algo no funciona y sobre el techo del saloncito baila
a ratos medio moco una araña haciendo piruetas. Por algún lado debo tener un
cómic de Spiderman. Y es que hay veces en que el negocio de las conversaciones
se lo lleva el viento. Estoy en una bendición de cobijo y luz eterna una vez
encendido el canutito, que importa que no pueda escribir ni mi puñetero nombre.
Me llamo... Me llamo... Tengo un anexo parabólico en una de mis memorias que no
acabo de filtrar. ( Una calada de diez frenéticamente lentos... parsimoniosos,
segundos... y, ¡ ya está!) Y al final la grandeza del entendimiento escrito es
sólo un fotograma de un señor mayor que no reconozco. Mi cerebro es una hélice
funcionando cabal e irracionalmente a las doce en punto... triturando mi propia
carne deshabitada, y envasándola al vacío.
