Noche de azul oscuro



La negra entró en su agujero. Terminada la partida me senté en un rincón a beber. Estaba demasiado cansado, y sólo quería tomar un par de copas tranquilo, nada más. Estaba helado por dentro. Demasiado jodido... había sido lo de aquella tarde una putada tras otra. Y la verdad, no me apetecía ver ni una maldita y sonriente cara más dándome por culo. La había cagado como estaba mandado, bien... punto. Tampoco había que recrearse en ello. Para ser exactos, el ambiente cargado de humo... hacía parecer a los por allí naufragábamos, barcos en la niebla. Algunos incluso, hacían señales luminosas con otras embarcaciones que navegaban en soledad. Joder, era un esfuerzo de titanes para siquiera intentarlo. Estaba inmoderadamente aburrido para pretenderlo. Me hubiera dado el dengue hemorrágico, de darle a la húmeda. Y me comenzaba a preocupar el puñetero instante luz del sol, una vez saliera del garito. Odiaba el amanecer, todos los amaneceres del mundo en general. Siempre preferí el ocaso, donde te puedes ocultar de lo cotidiano, la normalidad... lo establecido. Coño, empezaba a notar los efectos del whisky en mi organismo. Quizás era el momento de hacer un sutil mutis y degradarme en el asfalto.
Cuanto me quise dar cuenta no estaba sólo. Estaba con una pareja. En un bar. Uno a cada lado, como los dos ladrones... Tomando una caña, y masticando un correoso bocadillo de algo parecido a longanizas blancas a medio freír. El hablaba y hablaba sin parar de Schopenhauer, y yo pensaba para mis adentros... así tío no te vas a follar a éste kraco de ninfa acuática y pelo grasiento. Sólo podía sonreírme. Y así trataba de mantenerme, muy digno... con las gafas de sol puestas, en tanto la hermana me masajeaba el paquete testicular al tiempo que aquellas salchichas asquerosas estrangulaban mis tripas mezclando en mi estómago su aceitazo con el puto alcohol. Por momentos, quería morirme. Claro, que lo peor era no saber donde estaba ni poder no pecar de ignorancia... a ciencia cierta, si una vez me pusiera en pie, no me pudiera mantenerme erguido cual mono habilis. Naturalmente que no tuve la duda mucho tiempo, y en fotogramas perdidos la veía botando sobre mí como poseída. En fin, que tal vez nunca estuve con ella, sólo lo imaginé... y una vez salí por la puerta, el humo se despilfarró en temblores de borracho y el sol incineró mi rostro.