Entonces abrió los ojos de par en par... Todo era luz al tiempo que no dejaba de sangrar. Su boca vacía y seca guardaba las palabras que iban poco a poco amontonándose despacio en su garganta. Como podía, trataba de sujetarla de los hombros en tanto la morfina hacía efecto en su debilitado organismo. Sonreía no dejaba de sonreír... como si fuera a morir en el lugar más hermoso del mundo. Sus manos apenas se movían, sólo sus parpados fielmente vigilados por la serenidad de sus pequeñas pupilas azules. Simplemente dijo: Todo está bien, después sin apenas moverse... dejó inmediatamente de convulsionar... quedo guarnecida y frágil cual el quebradizo tallo de una rosa en mis brazos. Cual una vela apagándose lentamente entre el polvo, con el viento soplando de espaldas, duro y devastador. Aquella jodida ventana de mierda... Mire de reojo a la puerta y advertí dos sombras. Después todo fue confusión y carreras. Y más confusión... Relámpagos y furia. Gritos y más gritos. Y escuché un llanto...
La dejamos allí. Podada por dentro y con su raíz descosida y reseca. Nos alejamos sin emociones. Sin mirar atrás. Seis grados a la derecha se abría un sendero despejado y a unos cincuenta metros más adelante una madre corría despavorida con un niño muy pequeño cogido con fuerza de la mano y otro junto a su pecho bien pegado. Nuestras pisadas sin duda, eran aterradoras en tanto trescientos pasos por detrás de nosotros volaba por los aires un tejado miserable bajo el cual almorzaba una familia sin nombre. Mientras corría con todas mis fuerzas y todos los músculos de mis piernas doloridos, trataba de recordar el rostro sonriente de mi mujer, mas ni tan siquiera recordaba como se llamaba la chica que había muerto. Mi cerebro había dejado de latir. Se había parado allí, en aquel lugar maldito... sin saber de que manera. Por un instante no recordé ni quien era, ni donde estaba... y cuando, lo supe de nuevo... no quería saberlo, sólo salir de aquel infierno.
